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VII


Jorge se preocupa, hace tiempo que no se despierta en otra cama. No extraña el hábito pero su libido le impide ser feliz. Por la noches, antes de programar el despertador abre el cajón de los calzones, la mayoría boxer, y saca lo que tiene escondido. Mientras se masajea, piensa en que casi toda su ropa interior está rota, que así nunca podría invitar a nadie a su cuarto. Y dice cuarto, porque todavía vive con sus padres. Se pasa el dedo por la boca, lo chupa, lame su uña al pensar en la habitación de arriba, en sus padres durmiendo. Lo hace porque está triste. Al despertar siente el peso de un elefante en su espalda inflamada por malas posiciones. Pero no basta un comprimido farmacéutico. A jorge lo que realmente le preocupa es el amanecer. No poder disfrutarlo. No ser conciente de su existencia. Desea poder llegar al techo de alguna torre, contemplar el sol saliendo. Tirarse al vacío. Y dejar una nota en el bolsillo de su camisa arrugada: como el sube y baja, y la física aplica.

VI

Un ensayo inacabado de un académico incompleto sostenía la hipótesis de que entre los nombres de los empleados de un restaurant, siempre había uno llamado Jorge. Su primer ejemplo mostraba una foto de un local que quedaba en una esquina. A metros de la plaza Flores. El universitario había contado con un total de 5 hombres llamados Jorge en ese comercio. La tareas que desarrollaban cada uno eran: sereno, ayudante de cocina, pastelero, encargado de depósito, mozo.
Con escasas pruebas empíricas, el joven pensador describe el caso del "nombre a caballo". Según el texto, ciertos nombres, como Jorge, son condenados a ciertas profesiones. Frente a una posición apocalíptica, demuestra que elección de un nombre conlleva la elección del futuro. Sus ultimas páginas vienen cargadas de la historia del nombre Jorge y de cómo llego al maravilloso mundo de la gastronomía.

V

Jorge renunció a su trabajo. Nunca explicó qué hacía, ni dónde laburaba. Supongo que habrá sido en un call center en el que sólo tenía dos minutos para ir al baño y veinte para comer. Creo que es lo más alto que puede aspirar. Sea como sea, fue un año raro, casi no nos vimos. Desapareció del barrio. No es difícil saber por qué. Se compró una computadora de escritorio. Me imagino que tiene varias novias "cibernéticas" y que a la noche se mata a "pa...".
Ayer me llamó, me dijo que se iba a la costa. Tenía la misma voz de teniente general, grave y fuerte. Había conocido a una chica. No estaba enamorado, pero quería jugar sus cartas. Le contestá con indiferencia. Ya habían pasado los cinco minutos de fama con Jorge. Pero él seguía hablando. Hace cuánto que no se lo escuchaba así. Termino la conversación con los típicos saludos a la familia.
Más tarde, ya en soledad, miró mi casilla de mails y encuentro un mail de Jorge:
"Salimos mañana a las 10 de la mañana. Te paso a buscar por tu casa. Armate el bolso". Era claro y sencillo. Otra vez. Esa noche no dormí, en una mochila puse un par de libros para llenarla y me fui cuando toco el timbre. Jorge vestía camisa blanca de seda, un desgastado pantalón deportivo de los ´90 y unas alpargatas verdes. En la cuadra no veía ningún auto. Le pregunté a Jorge y me contestó: "vamos en el tuyo".

IV

No fue casualidad manchar de rojo el conejo de S. Tampoco se esperaba otra cosa. A Jorge le temblaba la mano. Sus latidos crecían en intensos y sus ojos llameaban. Esa aura maquiavélica, que en sueños había construido, se hacía realidad. S. lloraba, seguía siendo sólo un “símbolo de paz”.

III

Jorge conoció a S. O, más bien, S conoció a Jorge. Acontecimiento de tal magnitud, sucedió en un tiempo olvidado. El temor de Jorge, fue la paranoia del propio autor: que S se volviera metafísica. S fue real, del mundo. Tenía un mirada acerca de la vida que fascinaba. La momento, en las que las conexion del aquel encuentro, fue un comienzo de una cadena de comunicaciones triviales. Salvo algún que otro mail, en que las reelecturas solían aportar nuevos significados. Pero, S se volvió un conjunto de palabras. Una interminable cadena de Mails que, por UNA razón, paro. No es del agrado de Jorge explicar el porque de las cosas. Más, le será necesario reflexionar sobre S, que de a poco de metafísica a inexistente......

II

Confesar desde cuando empezó este hábito me es pudoroso. En realidad, no lo sé. No hay un día que dije: “¡lo hago!”. En otras palabras, surgió. Fue algo espontáneo, lo dejé fluir. Y, poco a poco, fue creciendo.

Una amiga en común me decía que era un chico curioso. Ahora, que le dije de mi adicción, corrobora su hipótesis. Pero, no fue sólo por mí “espíritu” de “investigador”. Tratar, de nuevo, descubrir razones, encontrar el “por qué” me acerca a la ciencia científica. Acaricio un modelo de análisis que detesto y, que es tan usado en nuestros tiempos. Pero sí, obvio, preparo mí discurso para la pregunta que me harán.

I

Las palabras “a compete”, “mounstrosidad”, “pajita”, le hacían recordar a la página veinticuatro del libro de Kamasutra de Hosiro Kasumoto. Como un texto académico, Jorge se sabía cada parte de memoria. Pero, su timidez le impedía poner la teoría acumulada en práctica.

En las charlas con sus amigos, él era el más interesado en saber sobre el sexo femenino. La realidad era que nunca se había acercado a una mujer con fines de llevarla a la cama. Sus intenciones eran ingenuas, aunque en su subconsciente guardaba sus asquerosos pensamientos.

Jorge y Hosiro Kasumoto se habían hecho inseparables. De noche, por la tardes o, porqué no, alguna mañana eran buenos momentos para sumergirse en el mundo de los placeres. Aunque, a veces, tenía sus “rayes”. Prometía dejar el libro y salir a la calle a devolver las miradas de las pulposas adolescentes. Pero esas promesas se desvanecían al caer la noche y estar en su cama, con su libro abierto y su dedo índice en el culo……


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